Foquito de cien


Era un foquito de cien watts. Hubiera iluminado con intensidad respetable cualquier cuarto de dimensiones medianas, y por qué no, en colaboración con pares, algún salón importante, alguna fiesta de gala, tal vez. Podría haber sido presencia imprescindible en un aula de colegio nocturno, hubiera colmado con creces las necesidades de cualquier estudiante transnochado, de cualquier lector insomne, o colaborado infinitamente con la premura de algún artesano atrasado.  Pero su lugar resultó ser, y no hay explicaciones para esto, un rincón externo en la parte trasera y nada transitada de un caserón, dentro de un farol de hierro bastante oxidado. Nadie, nunca, andaba por allí de noche. Y de día, el sol se hacía cargo, siempre, de todo.

Al principio esperó con calma la oportunidad de manifestarse. Se fascinó con la potencia indeclinable del sol, y de su luz estudió cada expresión, cada tono, cada tiempo. Observó con admiración durante meses su recorrido, sus modos, sus sutilezas. Se enamoró perdidamente. Y aún sabiendo que nunca sería capaz de nada semejante, creía haber aprendido con él lo suficiente como para hacer un buen papel, el día que le tocara encenderse.

El tiempo fue pasando. El sol venía siempre a su encuentro diario, y se iba por la noche, cuando ya no era necesario. La pena del crepúsculo y la soledad que lo seguía podían soportarse gracias a la certeza del nuevo encuentro al alba. El sol nunca lo dejó esperando. El sol, todo luz, tan hermoso, tan intenso, infinito. Tanta luz, y lo había elegido a él, foquito de cien que aún no se encendía, para este romance maravilloso, para esta entrega diaria y eterna, qué orgullo el del foquito, cuánto agradecimiento, cuánta admiración, cuánto amor.

El tiempo siguió pasando. El foquito notó que por las noches solían encenderse pares suyos por otros rincones del caserón. Que sus luces, a veces tímidas, acompañaban largos ratos de charlas, música, comida, besos… No era raro ver aquella joven pareja alejarse hacia los arbustos con una linterna que apenas mostraba el sendero. Vio intensidades mucho menores que tal vez la suya ocupar espacios mayores y más importantes que el que hubiera iluminado él en aquel rincón abandonado. Y empezó a impacientarse. Y le preguntó a su amado, pero el sol no entendía su congoja. ¿Cuál era el problema? De día estaba él, que se ocupaba de todo sin esfuerzo, y de noche podía descansar. Si la limitada naturaleza de los foquitos hacía que tuvieran que ser encendidos, el querido foquito de cien tenía el privilegio de no ser encendido nunca, y por lo tanto, nunca iba a quemarse. Y eso tenía un lado maravilloso: podrían encontrarse siempre.

El foquito vio encenderse y apagarse a cantidad de compañeros, vio quemarse a muchos y ser reemplazados por nuevos que se encenderían y apagarían tantas veces también. Y la impaciencia desapareció y vino la resignación, tal vez algo de resentimiento, tal vez algo de envidia, pero también cierta paz. Dejó de esperar, y se quedó tranquilo.

Una tarde, después de varios días de movimientos inusuales a su alrededor, el oxidado farol de hierro fue retirado con el foquito dentro, y depositado junto con otros faroles, menos oxidados, en una caja de madera. Meses después, el farol, pintado y arreglado, fue instalado en una esquina nueva del caserón reformado. En lugar del foquito se puso un ahorrador de veinte watts, mientras él iba a parar a una bolsa, junto a otros que, ellos sí, habían sido encendidos varias veces y tenían un largo anecdotario con que amenizar la eterna noche que seguía. Nunca más volvió a ver al sol, pero sabía que nada había cambiado, que seguía yendo a su cita cada amanecer, tal vez, pensaba el foquito, con la esperanza de encontrarlo.

Un día la bolsa que los contenía se cayó, y el foquito de cien se rompió, junto con varios de sus compañeros. Sus restos fueron barridos y depositados en la bolsa de basura del jardín, envueltos en papel de diario.

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