Cómo joden los iluminados…


Parto de la no tan arbitraria aseveración de que no sabemos nada, o casi. Es decir, tenemos que creerle a quien suponemos que sabe. Aquí viene la primera decisión: a quién creer. Está bueno, en este punto, preguntarse por qué voy a creerle a tal y no a cuál. Decidir qué y a quién creer es una toma de posición, que uno puede llevar a cabo más o menos cómodamente, buscando o no constatar mínimamente la relación entre lo que se afirma y la realidad.

¿Cómo hacer esta constatación? No siempre es sencillo, muchas veces la realidad de la que se habla no es completamente evidente. Los emisores, para manifestar una verdad sobre la que desean convencer al receptor, eligen cuidadosamente los elementos que incluyen y los que excluyen en las afirmaciones en juego. La realidad sólo puede volverse relato a través de un discurso, y necesita ser recortada para adquirir sentido. Qué se incluye y qué se deja de lado en ese recorte implica una intención y una decisión.

De allí que creer a tal o a cuál, aceptar tal o cuál discurso, reproducirlo, significa tomar una posición. Algunas personas lo hacemos a conciencia. Otros creen hablar a partir de información que reciben impoluta y prístina emitida sin ninguna selección ni intención previa.

Por supuesto, no hay ni uno, ni dos discursos posibles. Hay quienes creen que sí,  y reproducen lo que consideran “la verdad”, y dejando a todo el resto el inevitable lugar de la mentira. Sólo a efectos de distinguirlos, los llamaremos los “iluminados”. Su mirada esquemática, arbitrariamente bipartita de la realidad, coloca todas las afirmaciones, y por lo tanto, a todos los emisores, en sólo dos lugares posibles: la verdad y la mentira. Inevitablemente, se hermanan con quienes adhieren al mismo discurso que reproducirán una y otra vez oyéndose a sí mismos y a sus hermanos en la verdad, lamentando a veces paternalmente, a veces agresivamente, la maldad de los mentirosos y la idiotez de los que les creen. Todo aquello que no se ajuste a ese rango (limitado) de verdad, así como quienes decidan producir o reproducir otro discurso, que destaque otros hechos, otros detalles, otras verdades, serán inmediatamente etiquetados como mentirosos o idiotas, y puestos en el sector de “los otros”.

Creerse en la verdad junto a unos pocos y frente al resto mayoritario de idiotas y mentirosos otorga a los iluminados una certeza (admitida o no) de superioridad sumamente narcisista. Con un mínimo de elementos elaboran un discurso que los coloca muy por encima de los destinatarios de su diatriba. Si consideramos el diálogo como el intercambio entre dos emisores/receptores en situación de paridad, y donde por lo tanto la descalificación de uno por otro produce un desequilibrio que impide ese intercambio, los iluminados eluden o directamente eliminan la posibilidad de diálogo con los “idiotas” y “mentirosos”, con el absoluto y total convencimiento de que son “los otros” los incapaces de ver la verdad que ellos buenamente señalan: los otros no saben, no entienden, padecen de una incapacidad profunda y generalizada que ignoran, incapaces de verse a sí mismos como lo completamente estúpidos que son.

En general, sus análisis y justificaciones son fácilmente invertibles y pueden ser vueltas como un espejo sobre los mismos iluminados. Jamás lo van a aceptar. La lógica puede quedar fácilmente fuera de su discurso a través de la ironía, la agresión, el sofisma , la broma cómplice con algún otro iluminado.

El contenido de la verdad iluminada no es lo importante, puede ser cualquiera. Abundan los iluminados en la política, la religión, la crítica literaria, la cocina, el fútbol, y miles de etcéteras. Tiene menos que ver con el contenido que con la incapacidad de respetar al otro, de respetar la diferencia, de miedo a tener que cambiar, a tener que admitir la propia capacidad de errar.

Me corro ahora un poco de el hilo de estas observaciones para hacer una confesión: admito un grado importante de ingenuidad en mí. Admito que quiero tanto a la gente que jamás podría pensar que un animal es mejor por el sólo hecho de ser animal (esto da para otra nota…); admito que permito que me saquen de quicio algunos iluminados, pero no pierdo la esperanza de que se decidan a bajar de su cubo de hielo, se relajen un poco, y se permitan intercambiar opiniones de verdad (aquí volvemos a que no sabemos casi nada, y que si se trata de creer y decidir qué y a quién creer, a la larga, todo es opinión). Admito que tengo prejuicios contra los que lucho de manera agotadora, por eso me molesta mucho el prejuicio ajeno cuando es esgrimido como una verdad iluminada, o cuando se lo oculta detrás de conclusiones derivadas de razonamientos falaces basados en supuestos de supuestos de supuestos como si fueran verdades incontestables.

No sabemos (casi) nada. A algunos les vendría muy bien volver cada tanto a la máxima socrática y sacudirse un poco de tanta soberbia.

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