Especulando sobre la pequeña y la gran escala, la economía y la esclavitud


¿Puede un emprendimiento ser sustentable más allá de la pequeña o mediana escala? Porque, perdónenme, pero ni Cheeky ni ninguna de las 106 grandes marcas denunciadas por la Alameda son sustentables. Awada podrá nadar en los excedentes de sus empresas, pero si la parte más importante de la cadena productiva (nada más y nada menos que la factura de la ropa) está en manos de esclavos, algo en las cuentas está mal.

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Mis especulaciones en este texto se basan en la impunidad que me da no saber nada de economía, y la tranquilidad que me da hablar y opinar igual, luego de haber comprobado que quienes sí saben o dicen saber nos han hundido muchas veces en las más profundas de las miserias no sólo económicas, por supuesto.

Así que, con ese autopermiso, continúo. Como la mayoría, trabajo mucho. Como muchos, casi no me tomo descanso. Los números no cierran nunca (será porque no sé de economía…) pero no pierdo las esperanzas. Una de las tantas cosas que hago, la que más me gusta, es joyas. Algunas más vendibles que otras. No me he dedicado nunca sistemáticamente a la producción pensada para la venta, esa es la verdad. Pero sí he pensado en hacerlo. He tratado de planificarlo. Conozco muchos colegas que sí lo hacen, de distintas maneras: algunos en soledad en su taller, con las herramientas que fueron comprando con esfuerzo a lo largo de muchos años, otros tercerizando una parte de la producción, como moldes, o fundiciones. Algunos basan su trabajo en el metal, otros han incorporado materiales más económicos. Hay quienes empezaron a utilizar diseño por computadora, 2D o 3D, hay quienes profundizaron sus conocimientos de diseño y con un trabajo previo importante, largo, intensivo, lanzaron marcas de joyería que luego han conseguido vender con mayor o menor fortuna. A muchos les ha ido muy bien.

Lo que no vi nunca, es que manejen sus emprendimientos sentados en una oficina mientras otros hacen sus piezas desde el principio hasta el fin. No los vi nunca compelidos a cumplir con un exceso de demanda recurriendo a las manos malpagas de desconocidos.

Tampoco vi que se volvieran ricos. Sí pude observar con alegría que después de mucho esfuerzo, inversión de tiempo y dinero, paciencia y trabajo, las cosas se encaminaban a convertir eso que tanto aman en emprendimientos sustentables.

Ahora empiezan mis especulaciones. ¿Puede un emprendimiento ser sustentable más allá de la pequeña o mediana escala? Porque, perdónenme, pero ni Cheeky ni ninguna de las 106 grandes marcas denunciadas por la Alameda son sustentables. Awada podrá nadar en los excedentes de sus empresas, pero si la parte más importante de la cadena productiva (nada más y nada menos que la factura de la ropa) está en manos de esclavos, algo en las cuentas está mal. Una elegante prenda de cualquiera de esas marcas cuesta mucha plata. Si cada uno de los obreros -evidentemente calificados, habida cuenta de la calidad de la ropa- le pagaran lo que corresponde, en blanco, trabajaran una cantidad legal de horas y sin poner en riesgo su vida y la de sus hijos, sólo quedan dos posibilidades: o los precios se harían definitivamente impagables, o las marcas reducirían su margen de ganancia, probablemente, a nada. O a muy poco. O a algo razonable. Probablemente a algo parecido a lo que los colegas que conozco que aman lo que hacen, que están en cada paso de su producto y que manejan su negocio con dignidad y decencia, obtienen en sus emprendimientos.

Tal vez se debiera dejar la gran escala para otro tipo de temas, como el petróleo, el gas… Tal vez ni siquiera en la producción agrícola debiera haber gran escala, de ese modo se evitarían problemas como la trata de personas y el trabajo infantil. Tal vez la explotación es una condición implicita en los grandes negocios privados de bienes de consumo. También, tal vez me equivoco. Pero como no sé nada de economía…

La injusticia inmanente en la desigualdad por definición, tiene un correlato contante y sonante en cómo esa desigualdad se produce y reproduce. Los ricos no son ricos por designio divino y porque son trabajadores, y tampoco los pobres son pobres por designio divino y porque son vagos. Los ricos son ricos y los pobres son pobres porque en el medio hay injusticia contante y sonante, real y abyecta, tangible y evitable. Ya sé, no estoy descubriendo la pólvora. Pero vale igual.

Hace mucho tiempo que dejé de comprar marcas de ropa, o porque no podía pagarlas, o porque no estaba dispuesta a pagar más de lo que consideraba razonable. Desde hace menos tiempo, tengo además otra razón para no hacerlo: no quiero ser cómplice de la esclavización, de la reducción a servidumbre ni de la muerte evitable de ninguna persona. Como circula por ahí para Navidad (época en que el consumismo lanza en masa a malgastar el dinero que tanto cuesta ganar para llenar las arcas de los que no lo necesitan), mejor compremos a pequeñas empresas, a la vecina que vende por internet, el artesano, a la amiga que tiene una tienda en el barrio, el pastelero que hace sus propios turrones… Y no sólo en Navidad. Hagamos que el dinero llegue a personas comunes y no a grandes multinacionales. Seamos responsables. Apoyemos la pequeña escala, la que nos da la seguridad de no estar avalando delitos de lesa humanidad. Digo.

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